En cada temporada de Everest algunos montañistas de dudosa moral celebran jubilosamente su llegada a la cima mayor del planeta con emocionadas palabras y épicas imágenes del logro. Pero resultan un fiasco.
Los “mentirosos del Everest”, como los bautiza la excelente revista francesa Altitude, utilizan por lo general el método de fraguar fotografías de alguien que efectivamente llegó a la cumbre. Y la entregan en propio nombre al Departamento de Turismo de Nepal que termina certificando.
Por suerte aparecen testigos e investigadores aviesos que al ver plasmados algunos festejos, ponen en duda esas cumbres. Por ejemplo al recordar con certeza no haber visto a tal o cual persona por arriba de los últimos campamentos.
Inclusive para fraguar estos inexistentes éxitos, deben superar la instancia registral de las agencias de servicios que contratan. Y el sello o visado del oficial de enlace que se dispone para cada expedición. A veces la falta de escrúpulos va de la mano con la carencia de rigor en quienes emiten tales certificaciones.
En Everest, 4 menos
De las 885 personas que oficialmente llegaron a la cima del Everest esta primavera, al menos 4 jamás llegaron a 8.848 metros.
La última, una Kashmirie de 26 años, declaró que llegó a la cima del Everest el 22 de mayo (el día de las aglomeraciones). A su regreso le proporcionó una foto al Departamento de Turismo de Nepal. La agencia que organizó la expedición había confirmado el éxito de todo el grupo, incluida ella. Y el oficial de enlace había sellado todo.
Pero algunos testigos confirmaron que la escaladora en cuestión no había pasado el Campamento IV, casi a 8.000 metros.
El Departamento de Turismo chequeó la fotografía más cuidadosamente. Y se parecía mucho a la de otro montañero que había llegado a la cumbre días antes. Un pequeño recorte, un cambio de resolución, una mínima edición de Photoshop y listo. Las dos fotos expuestas por el periódico Himalayan Times, hablan por sí solas.
Vikas Rana, Shobha Banwala y Ankush Kasana, tres aspirantes a Everest, también indios, dicen que hicieron cumbre el 26 de mayo. Pero nadie les cree. No hay fotos ni pruebas. Dicen que los acompañaron 4 sherpas, pero ni saben sus nombres. Pero testigos dicen que ni siquiera fueron vistos en el collado Sur.

Mentiras históricas
Claro que el fenómeno de mentir cumbres no es tan novedoso, sino quizás tan antiguo como el montañismo mismo.
En 2017, el matrimonio compuesto por Dinesh Rathod y, Tarakeshwari, oficiales de policía indios, fueron desenmascarados en similares jugarretas. Les dieron de baja en la fuerza, se les vedó escalar en Nepal por 10 años y la agencia que los llevó fue multada fuertemente.
En la historia del alpinismo, algunos de los más grandes de todos los tiempos también han mentido. Hasta se han escrito libros que relatan hazañas, que más tarde se comprobó su inexistencia. Las dudas persisten en los ascensos del tan impresionante como controvertido esloveno Tomo Česen, por ejemplo. O en los famosos relatos de Cesare Maestri en el surrealista cerro Torre, en la Patagonia argentina.
Más acá en el tiempo y el espacio, menuda polémica se levantó en Aconcagua en la pasada temporada. Una andinista/runner de San Juan dijo haber hecho cumbre y récord de velocidad por la ruta 360° del cerro más alto de América. Su justa, sin pruebas fehacientes y plagada de datos incomprobables. Quedó así sin confirmación en el limbo de las malas intenciones y el dudoso espíritu deportivo.
Creer en la palabra
En definitiva, en la montaña ha sido siempre la palabra del montañista la que se impone por sobre los datos. La que le ha dado el valor a grandes proezas. Es el relato en primera persona del protagonista el que “certifica” logros, récords y hazañas que ningún registro oficial recaba ni colecciona.
El montañismo es probablemente el último reducto en donde la honestidad y la palabra aún conservan el valor sagrado de la credibilidad. Pero en los tiempos que corren, es una actividad que ya no está exenta de los vicios y pecados de una globalidad que a veces es más lo que quita que lo que agrega.
Crédito imagen principal: Bjorn Runa Mentira, The New York Times.