El monte Aconcagua (6,960.8 m, Mendoza, Argentina) se prepara para una temporada que marcará un cambio sustancial en la organización de sus servicios de montaña. Entre las empresas adjudicatarias del nuevo régimen de concesiones se encuentra Grajales Expediciones, la operadora de mayor trayectoria en el cerro más alto de América, que acaba de cumplir medio siglo desde el inicio de sus actividades en 1976.
La compañía fundada por Fernando Grajales obtuvo la renovación de los espacios para prestar servicios en los campamentos base. Esta vez bajo un sistema de concesiones por veinte años, que reemplaza los permisos precarios y establece mayores exigencias de infraestructura, seguridad y protección ambiental.
Su continuidad tiene un significado particular. Grajales no solamente precedió a las actuales operadoras comerciales: fue protagonista de la creación de una actividad que transformó las condiciones de acceso al techo de América y contribuyó decisivamente a establecer los estándares logísticos que hoy distinguen al Aconcagua en el circuito internacional de las Seven Summits.
La adjudicación reconoce, en los hechos, una trayectoria construida durante cinco décadas. Aunque también supone asumir las nuevas obligaciones que regirán para todos los concesionarios.
El origen de todo
La historia de Grajales Expediciones comenzó formalmente en diciembre de 1976, cuando su fundador obtuvo autorización para operar en Aconcagua y otros sectores cordilleranos.
Por entonces, las expediciones dependían principalmente de su propia capacidad organizativa. La contratación de arrieros, el transporte de cargas, el abastecimiento y la instalación de campamentos requerían resolver no pocas dificultades antes de comenzar el ascenso.
Grajales introdujo un modelo profesional de apoyo logístico que permitió sistematizar esas prestaciones. Con el tiempo, aquella experiencia abrió camino a nuevas empresas y favoreció una competencia que elevó progresivamente la calidad de los servicios.
El desarrollo posterior incluyó itinerarios por el Valle de Vacas, operaciones en Plaza Argentina, travesías integrales del macizo y prestaciones especializadas para expediciones internacionales.
La incorporación de comunicaciones, energías renovables, infraestructura gastronómica y sistemas de oxígeno amplió las posibilidades operativas, sin modificar una condición esencial: en casi siete mil metros de altitud, ninguna comodidad sustituye la aclimatación, la experiencia ni el criterio montañero.
Primeros años de Grajales
Antes de convertirse en empresario, Fernando Grajales había participado en la apertura del filo sudoeste de Aconcagua, en 1953, y en la expedición argentina al Dhaulagiri, en 1954. Su experiencia como explorador y andinista fue determinante para la actividad que emprendería décadas después.
Tras abandonar definitivamente la agricultura, vendió su finca de Ugarteche e invirtió el dinero en mulas y atalajes. Se instaló en el refugio Cruz de Caña, en Los Penitentes, desde donde comenzó a organizar excursiones y expediciones.
Como reconstruye Nicolás García en el libro Montañas en alpargatas, la empresa nació de una elección de vida: Grajales decidió establecerse en la cordillera y encontró en los servicios de montaña la manera de sostener esa decisión.
En aquellos primeros años conoció a Mabel Abad, quien se incorporó a la actividad familiar. Administraba reservas y transportes en un cuaderno, mientras Fernando coordinaba expediciones y arrieros.
Allí creció también Fernando hijo, nacido en 1979, entre guías, mulas y campamentos. A los trece años, el pequeño Grajales llegó por iniciativa propia hasta Nido de Cóndores, a 5.400 metros, antes de que una comunicación radial de su padre ordenara su inmediato regreso.
Una decisión que benefició a Mendoza
Entre las iniciativas de Grajales, una trascendió especialmente los límites del montañismo.
Según documenta García, fue el principal impulsor de exigir la tramitación presencial de los permisos de ingreso al Aconcagua en la ciudad de Mendoza.
Hasta entonces, numerosas expediciones llegaban directamente desde Buenos Aires o Santiago de Chile a Puente del Inca y Penitentes, sin pasar por la capital provincial.
La medida incorporó Mendoza al recorrido de los andinistas internacionales y generó oportunidades para hoteles, restaurantes, comercios especializados, transportistas y otros servicios turísticos.
Su alcance fue también cultural. El propio Grajales lo sintetizó en una reflexión recuperada por su biógrafo: “El Aconcagua adquiere para Mendoza otra dimensión; se empieza a justificar que somos los dueños y las cuestiones de montaña se incorporan a nuestra cultura”.
Aquella decisión expresa una concepción empresarial que entendía la montaña como parte de un desarrollo territorial amplio e integral.
Nuevas exigencias y responsabilidades
El esquema adjudicado para los próximos veinte años establece obligaciones sobre alojamiento, alimentación, comunicaciones satelitales, atención de emergencias, manejo de residuos y utilización de energías renovables.
También incorpora mecanismos de trazabilidad ambiental, exigencias de infraestructura resistente a condiciones extremas y medidas para reducir el impacto de las instalaciones en los campamentos.
Para Grajales Expediciones, actualmente conducida por Fernando hijo, la nueva temporada representa la continuidad de un proyecto familiar y, simultáneamente, el comienzo de otra etapa de inversiones y adaptación operativa.
Medio siglo después de aquella primera habilitación, la empresa renueva lugar en la estructura de servicios de Aconcagua. Lo hace en un escenario mucho más desarrollado y competitivo, cuya evolución resulta difícil de explicar sin reconocer el trabajo de quienes comenzaron a organizarlo cuando prácticamente todo estaba por hacerse.













