La etiqueta de “experto” en riesgo en el ámbito montañero genera una peligrosa sensación de seguridad que contradice la estadística real: aproximadamente la mitad de las víctimas de aludes en los últimos años contaban con formación y experiencia en entornos invernales.
Según Alberto Ayora, coronel del Ejército de Tierra español en la reserva con tres décadas de trayectoria en alta montaña y gestión de riesgos, el problema radica en una dinámica cognitiva perversa.
“Se puede ser experto en hacer las cosas mal”, afirma Ayora. La repetición de una conducta insegura que no tiene consecuencias inmediatas refuerza la creencia errónea de que dicha práctica es correcta. Esto no constituye experiencia válida, sino un “adiestramiento en el error” que genera una acumulación de falsos positivos de seguridad.
Este fenómeno, explica el especialista, es análogo al concepto industrial de “normalización de la desviación”, donde prácticas que se alejan progresivamente del protocolo seguro se adoptan porque “nunca ha pasado nada”.
En la montaña, esto se traduce en la frecuentación habitual de pendientes, la interpretación sesgada de los boletines de peligro o la validación grupal de decisiones basadas en experiencias pasadas.
Cada jornada exitosa refuerza la creencia en la corrección del criterio, cuando en realidad solo fue compatible con un contexto específico. “El día que las condiciones cambian, y siempre cambian, el sistema falla de forma abrupta”, sentencia Ayora.

La trampa del experto
La clave reside en la naturaleza probabilística y no binaria de los sistemas complejos como el manto nivoso. El cerebro humano, particularmente el del montañero experimentado, tiende a convertir esas probabilidades en certezas tras acumular éxitos previos, dando lugar a una ilusión de control y una creencia en la invulnerabilidad.
Este es el núcleo de la “trampa del experto”, un sesgo potenciado por lo que la psicología denomina un “entorno de aprendizaje perverso”. En estos entornos, la retroalimentación es asimétrica: la decisión prudente (abandonar un itinerario) no tiene recompensa visible. Mientras que la decisión de riesgo (continuar y lograr un descenso) ofrece un refuerzo positivo inmediato que enmascara el peligro latente.
Por tanto, la experiencia solo adquiere valor cuando incrementa la prudencia y la capacidad de renunciar, no la confianza ciega. “Cuando ocurre lo contrario, la experiencia se convierte en un multiplicador de exposición al riesgo”, subraya Ayora.
Los estudios de accidentes revelan que los expertos no cometen menos errores, sino errores distintos. Como el exceso de confianza, la presión autoimpuesta por cumplir objetivos o la dificultad para retractarse cuando todo parece alinearse.
La trampa se sustenta en tres pilares: la ilusión de control por la acumulación de salidas exitosas, la creencia en la invulnerabilidad que lleva a omitir protocolos básicos, y la presión de las expectativas, especialmente en guías y líderes de grupo.
La conclusión de Alberto Ayora es contundente: en la montaña, confundir la supervivencia reiterada con la calidad de la decisión es una trampa potencialmente mortal.
(Fuente: Entrevista a Alberto Ayora en El Confidencial)





