El pasado 7 de febrero será difícil de olvidar para los pobladores montañeses del Norte de Mendoza.
Cerca del atardecer de esa jornada una impresionante lluvia arreció sobre las cumbres del Cordón del Plata y de la zona de Uspallata hacia la alta montaña.
No fueron pocos los inconvenientes que semejante fenómeno provocó, aunque por fortuna no hubo daños en viviendas ni habitantes. El Gobernador Provincial Francisco Pérez, que personalmente supervisó las tareas de auxilio, dijo que “no hubo muertos de milagro”.

La montaña pareció deshacerse con el agua y desplazó sobre la ruta internacional enormes masas de piedra y barro. En Las Heras, entre Uspallata y Polvaredas, en total hubo 38 aludes, 14 de gran envergadura. El paso vehicular se mantuvo cortado durante más de una jornada; 700 personas quedaron aisladas y fueron evacuadas; las tareas de despeje y rescate demandaron 2 millones de pesos; se utilizaron 1 avión, 6 helicópteros y 26 máquinas viales.
Especialistas y veteranos viales coincidieron en describir como inédito el fenómeno por su magnitud. Entre el kilómetro 1173 al 1178 uno de los aludes tenía 200 metros de largo y más de 3 de altura.
No fue mejor la fortuna en el Valle del Sol, Luján. El arroyo Las Mulas, que divide esa localidad de Piedras Blancas, esa misma tarde se transformó en un impresionante torrente de agua, piedras y lodo que arrastró todo a su paso: árboles, postes, piedras de gran tamaño y hasta animales. El alud interrumpió el acceso vehicular al poblado, dejando aislados a quienes allí esperaban por un fin de semana de descanso y turismo. Un día demandó el despeje del camino, y el servicio de agua corriente (no potable sino de riego) estuvo interrumpido por más de una semana.
El aporte extraordinario de humedad desde el Pacífico generó estos frentes de precipitaciones tan persistentes, explicaron los expertos. Pero hay otras razones. Y si bien no hay unanimidad de opiniones, muchos conocedores se inclinan por aseverar que el calentamiento global que sufre el planeta comienza a traer consecuencias en estas latitudes. Explican que en vastos sectores de las alturas andinas, donde otrora hubo glaciares y hielo hoy hay básicamente tierra suelta. Semejantes lluvias provocan el arrastre de ese material que antes se encontraba congelado. Esto explicaría inicialmente el fenómeno.
Más allá de establecer científicamente el comportamiento novedoso de la naturaleza, es importante tomar conciencia que estos incidentes de gran magnitud tenderán a convertirse en frecuentes cada verano. Y sobre esa certeza se deberán implementar las medidas tendientes a la prevención.