El Aconcagua, con sus 6.960 metros de altura, mantiene intacta su exigencia, pero no así el perfil de quienes lo intentan. En las últimas temporadas, guías, médicos y prestadores de servicios coinciden en una tendencia preocupante: cada vez más personas llegan sin la preparación y experiencia adecuadas para enfrentar un complejo entorno de alta montaña.
La creciente popularidad del monte Aconcagua, impulsada por el desafío de las Siete Cumbres y amplificada por redes sociales, ha generado una percepción distorsionada. La cumbre aparece como un objetivo alcanzable, casi estandarizado, cuando en realidad implica un proceso largo, exigente y técnicamente demandante.
Ulises Corvalán, guía de alta montaña con más de 30 años de experiencia, jefe de guías de Grajales Expeditions y con más de 64 cumbres en Aconcagua, advierte sobre este cambio. Describe un aumento de “clientes denominados turistas” que “carecen de conocimientos y experiencia en montaña”. En su trabajo cotidiano, esa falta de base se traduce en situaciones inesperadas: “me estoy viendo cada vez más obligado a enseñar… desde ponerse una bota hasta caminar en la montaña”.
El problema no es únicamente técnico. Juan Araya, guía de alta montaña y trekking, profesor de Educación Física y coordinador de guías de AMG (Aconcagua Mountain Guides), señala una dificultad más profunda: la falta de autoconocimiento en altura.
Según explica, es habitual encontrar personas físicamente aptas pero sin experiencia en cómo responde el cuerpo en condiciones extremas, lo que puede derivar en decisiones erróneas en momentos críticos.
Falsa seguridad
El desarrollo comercial de Aconcagua permitió ampliar el acceso: mejores servicios, logística eficiente, comunicación constante y estructuras que brindan mayor comodidad. Sin embargo, esa evolución también generó una ilusión peligrosa: la creencia de que la experiencia puede ser reemplazada por la infraestructura.
Hoy, una expedición puede incluir desde comidas elaboradas en el campo base hasta sistemas de rescate y asistencia permanente. Pero la montaña no se vuelve más sencilla por eso. La altura, el frío y el viento siguen siendo factores determinantes.
Heber Orona, guía de alta montaña y trekking, guía principal de Inka Expediciones y primer argentino en ascender el Everest sin oxígeno suplementario, advierte que muchos expedicionistas subestiman esas condiciones. “La gente cree que no va a ser tanto como ellos consideran”, señala, especialmente en lo que respecta al equipamiento. La comparación con otras montañas más “amables”, como el Kilimanjaro, suele inducir a error.
El acceso a la información tampoco garantiza mejores decisiones. Orona remarca que las empresas brindan detalles precisos, pero no siempre son aprovechados: “se manda muy buena y detallada información… pero no leen todo”. Esto genera una brecha entre lo recomendado y lo que finalmente se utiliza en la montaña.
A su vez, Corvalán introduce otro factor contemporáneo: la sobre confianza generada por la tecnología. La disponibilidad de pronósticos y aplicaciones no reemplaza la experiencia en terreno, aunque muchos expedicionistas crean lo contrario al interpretar datos sin conocimiento suficiente.
Claves básicas
Frente a este escenario, los especialistas coinciden en que la seguridad en Aconcagua depende de tres pilares: experiencia real, planificación e interpretación correcta del entorno.
El primero es la experiencia progresiva. No alcanza con entrenamiento físico: es necesario haber transitado previamente otros escenarios de montaña, haber utilizado el equipo en condiciones reales y haber enfrentado situaciones similares.
El segundo es la información aplicada. Juan Araya destaca la importancia de conocer distancias, desniveles y tiempos de marcha, elementos que permiten anticipar esfuerzos y tomar decisiones adecuadas durante la expedición.
El tercer eje, fundamental, es la aclimatación. Roxana Pronce, médica especialista en medicina de montaña y fundadora de Extreme Medicine, empresa que presta servicio médico en Aconcagua, advierte sobre una tendencia creciente a acortar los tiempos de ascenso. “Se quieren hacer las montañas gigantes en velocidades de ascenso muy rápidas”, explica.
Desde su experiencia clínica, observa que este apuro incrementa los riesgos de patologías graves. Por eso insiste en una premisa básica: “respetar el tiempo y la velocidad de ascenso”. La adaptación del cuerpo a la altura no puede forzarse, y cualquier intento de acelerar ese proceso suele derivar en complicaciones.
Errores reales
Las situaciones que relatan los expertos permiten dimensionar el problema con claridad. No se trata de casos aislados, sino de episodios que se repiten con preocupante y creciente frecuencia.
Corvalán recuerda un caso extremo: un cliente que, ya en plena expedición, consultaba cómo usar una bolsa de dormir porque nunca había dormido en una carpa. También menciona errores básicos en el uso de equipamiento, como colocarse crampones de manera incorrecta.
Más preocupantes aún son las decisiones en altura. Araya advierte que es habitual ver personas siendo exigidas a continuar cuando no están en condiciones, lo que ha derivado en incidentes graves en los últimos años. Desde su perspectiva, se trata de situaciones evitables que responden a malas decisiones.
Orona aporta otro ejemplo: un montañista que ignoró recomendaciones básicas en la propia cumbre, exponiéndose innecesariamente al frío. El resultado fue concreto: sufrió congelamientos que requirieron atención médica.
Para Pronce, muchos de estos cuadros podrían prevenirse con una mejor gestión del tiempo y una mayor escucha del propio cuerpo. La medicina de montaña, en este contexto, no solo actúa en la emergencia, sino también en la prevención.
Volver al respeto
El Aconcagua combina accesibilidad logística con exigencia extrema. Esa dualidad es, al mismo tiempo, su atractivo y su principal riesgo. Cuanto más fácil parece llegar, mayor es la tentación de subestimar lo que implica subir.
La montaña no cambió. Lo que cambió es la forma en que muchos intentan enfrentarla: con menos preparación, más apuro y una confianza que no siempre tiene sustento.
Recuperar el respeto por los tiempos, por el proceso y por los propios límites aparece como el gran desafío. Porque, más allá de la tecnología, los servicios o la motivación personal, la lógica de la altura sigue siendo la misma.
Y en ese terreno, como coinciden quienes la conocen en profundidad, no hay margen para la improvisación.














