En exclusivo diálogo con CUMBRES la gran montañista y conferencista mexicana repasó su impresionante carrera por las cimas más altas del mundo.
“Conferencista experta en motivación y liderazgo empresarial, alpinista profesional. 1a mujer Iberoamericana en alcanzar las 7 cumbres + altas de cada continente”. Así, en ese orden, se define la mexicana Karla Wheelock a sí misma en su cuenta de Twitter.
Para ella la vida es un constante aprendizaje, pero en el diálogo lo que transmite es docencia pura. Cada paso en su carrera, cada decisión, cada cumbre aporta una enseñanza a quien la escucha.
Karla es sinónimo de montaña, y para Karla la montaña es escuela de vida. Desde sus inicios como montañista, en su apogeo deportivo, y actualmente transmitiendo su experiencia y motivando a jóvenes para que se convenzan de que todo sueño es posible.
Tras su cumbre en Aconcagua en 1993 Karla desarrolló una meteórica carrera como montañista profesional: En 1994 escaló en Ecuador el Cotopaxi (5.898 m) y el Chimborazo (6.310 m). En 1995 coronó el Illimani (6.462 m) en Bolivia, al año siguiente incursionó por vez primera en Himalaya donde coronó el Cho Oyu (8.210 m, sexta más alta del mundo, primera ascensión latinoamericana femenina y sin oxígeno suplementario). 1998 fue un año difícil: mal tiempo le impidió encumbrar el Manaslu (8.163 m) y en su primer asalto al Everest (8.848 m) debió desertar a 70 metros de la cima.
En 1999 fue la primera mujer latinoamericana en ascender el Everest por su cara Norte, y desde su cumbre realizó la primera llamada telefónica mundial. En esa altura máxima compartió la emoción con su viejo amigo mendocino Heber Orona.
Vino entonces su carrera por las Seven Summits: Kilimanjaro, Elbrus, McKinley (primera mexicana), Vinson y Pirámide Carstensz, como primera iberoamericana en ambas cumbres y primera también en las siete más altas de cada continente.
CUMBRES entrevistó a Karla Wheelock en gentil y extensa conversación que giró principalmente en torno a Aconcagua (6.962 m), su primer gran objetivo alcanzado en 1993.

CUMBRES: ¿Cómo comienza esta vida ligada a la montaña?
KARLA WHEELOCK: Yo empiezo a subir montañas en México, el Popocatépetl (5.452 m) y el Iztaccíhuatl (5.286 m) por diferentes rutas. El grupo con el que yo salía, puros varones, empiezan a hablar de montañas altas, plantean subir la más alta de México, el Pico de Orizaba (Citlaltépetl, 5.747 m). Yo me emociono y subo con ellos. Cuando estábamos llegando a la cumbre -yo sentía que había logrado algo realmente grande, un gran triunfo-, estaba agotada, cansadísima. Ellos empiezan a decir que ya es momento de subir montañas altas. Y yo dije “¿no dijimos que ésta era la más alta?”. -No, estamos hablando del Aconcagua, el más alto de América-… De qué me hablan! Es la montaña más alta del continente, la más alta fuera de los Himalayas, un reto, en el límite de los 7.000 metros en la “zona de la muerte”. Yo no me explicaba con aquel esfuerzo de subir el pico de Orizaba, que no llega a 6.000 metros, cómo subir a los casi 7.000 de Aconcagua”.
C: Y como mujer… ¡te mandaron a la cocina!
K: “Empiezan a hablar durante los entrenamientos de lo que teníamos que hacer, cómo nos teníamos que entrenar. Yo estaba apuntadísima en la expedición hasta que me dijeron “tú no vienes, tú puedes venir a entrenar pero llevarte al Aconcagua es muy difícil, ahí hay gente que ha perdido la vida, que ha tenido amputaciones, que va allá a entrenar para Himalaya. Tú serías una carga”. Les pedí entrenar con ellos. Empezamos a hacerlo mucho en los volcanes. Yo a manera de broma digo siempre que hubo un hombre visionario que me dijo que yo podía ir y acompañarlos, cuando en realidad proponía que yoles cocinara. Yo pensé que él abogaba porque había visto que le echaba muchas ganas, que estaba lo suficientemente fuerte… cuando en realidad quería que vaya para que cocine”.
C: Aún así se te dio de venir entonces a Aconcagua.
K: Así fue mi llegada al Aconcagua, realmente fue un rompimiento de paradigmas, era soñar cosas grandes, pensar en lo más grande hasta donde podía soñar, sabía del Everest y los Himalayas, pero lo más grande y accesible para mí era pensar en América y su cima más alta. Fue increíble ese primer ascenso, pasaron muchas cosas que relato en mi libro de las Siete Cumbres. Hubo incidentes con un miembro del equipo que un tanto arrogante me dice que a partir de Plaza de Mulas él se convertía en mi Dios en la montaña… “Espera, yo solo tengo un Dios, yo no puedo subir con alguien inmortal” le dije. Hubo discusión con el equipo y nos separamos, desafortunadamente tuvimos que trabajar mitad y mitad en el equipo.
C: ¿Fue cuando conociste a un gran guía mendocino?
K: Durante el ascenso pasó algo increíble porque conocimos al mendocino Heber Orona, un tipazo. Cuando le comentamos de la discusión nos ayudó muchísimo y prácticamente nos integramos con el equipo que guiaba. Fue increíble, llegar a la cumbre con ellos fue bien significativo. Hoy Heber es un gran amigo con el que he coincidido en varias montañas, entre otras el Everest. Un local nos acogió, nos hizo parte de su equipo y nació una muy buena amistad. Yo aprendí algo bien importante. En ese entonces yo trabajaba en la Presidencia de la República y mi meta como abogada era hacer una maestría e irme a Harvard. Recuerdo a este joven mendocino guiando a jóvenes que venían de grandes universidades de EEUU, y él era el líder, el que tomaba las decisiones entre la vida y la muerte de estos futuros grandes empresarios. Me dije “yo ya no quiero ir a Harvard, prefiero ser la persona en la que las personas saben que pueden confiar, tener la capacidad de resolución, de la vida y la muerte, de sobrevivencia. De verdad que es algo bien importante que yo aprendí en Aconcagua”.

C: ¿A partir de allí tu vida tomó otro rumbo entonces?
K: Regresé a México y seguí trabajando pero olvidé mi meta de estudiar en Harvard. Quise asumir la responsabilidad de mí misma, no endosar mi vida en manos de nadie sino yo asumir que tengo que entrenar, prepararme, ser fuerte, que yo puedo tomar decisiones entre la vida y muerte no sólo mías. De niña me dijeron que quien sueña cosas grandes logra cosas grandes, y yo pensaba que eso le sucedía solo a unos elegidos o privilegiados. Pero con mi ascenso al Aconcagua descubrí que era verdad lo que me decían.
C: ¿Cómo fue tu segunda incursión en Aconcagua años después?
K: Fue en 1999 por la ruta del glaciar de los Polacos. La disfruté muchísimo. Fue un acercamiento bien distinto, más como de reencuentro. Yo venía de una amputación previa en los Himalayas de cuatro falanges en el pie izquierdo.
C: ¿Volverías a Aconcagua?
K: Ahorita estoy trabajando mucho con la Fundación, con expediciones con jóvenes a diferentes lugares en México y otros como Antártica, donde llevamos 8 años haciendo expediciones siempre accesando del lado chileno. Me encantaría volver a Mendoza, tengo muchas ganas de visitar. Aconcagua no está próximamente en mis planes, sé que ha cambiado mucho, que ahora son muchas personas las que van, pero tengo un grato recuerdo y me encantaría ir. Si en un momento mis hijas quisieran hacer un ascenso yo con mucho gusto regresaría a Aconcagua.
C: Cuéntame cómo fue tu experiencia en Everest.
K: Después de un intento fallido, alcanzar la cumbre de Everest en 1999 fue muy impresionante. Me tocó en el corazón, el alma. Fue física y mentalmente demandante pero muy abundante en beneficios y gratitud que me hizo sentir la montaña. Por eso no dejo de trabajar para acercar a las personas a la naturaleza, por buscar empoderar a niños, jóvenes y adultos para que logren sus propias metas. Everest ha sido gran maestra que me enseñó muchas cosas. Tuve regalos como ese abrazo de cumbre precisamente con Heber, ese compañerismo y generosidad en la montaña de permitirnos subir y bajar perfectamente bien, y todo el proceso de aprendizaje en el camino, de permitirme no solamente ver la curvatura de la Tierra sino ver en los ojos de las personas cuando doy conferencias cómo ellos pueden al yo hablarles de la montaña identificar sus propias metas y sueños, cómo la mirada les cambia.
C: ¿Cómo es hoy la vida de una montañista con una carrera exitosa?
K: Estoy por terminar mi Maestría en Políticas Públicas y Derecho Ambiental con intención de transmitir cómo la naturaleza de la montaña es una gran maestra y un aprendizaje de vida que te da herramientas en todos los sentidos. Lo que estoy buscando es en el marco de los compromisos internacionales en Educación Ambiental que se cumpla y que sea parte de un requisito que los jóvenes se recontacten con la naturaleza, vuelvan a caminar, vuelvan a apreciar los bosques, a vivir de cerca la naturaleza. Creo en eso y estoy convencida. No todos serán montañistas pero sí todos van a disfrutar de lo que les puede reconectar el alma con un propósito de vida.