La Transpirenaica consiste en cruzar los Pirineos de oeste a este o a la inversa. Para ello, existen tres vías tradicionales: el GR10, en el lado francés; la Alta Ruta, que recorre las cumbres, reservada para expertos; y el GR11, sendero que atraviesa la vertiente española durante ochocientos kilómetros con un desnivel acumulado, positivo y negativo, de 78.000 metros.

Por Sergi Latorre
La Transpirenaica consiste en cruzar los Pirineos de oeste a este o a la inversa. Para ello, existen tres vías tradicionales: el GR10, en el lado francés; la Alta Ruta, que recorre las cumbres, reservada para expertos; y el GR11, sendero que atraviesa la vertiente española durante ochocientos kilómetros con un desnivel acumulado, positivo y negativo, de 78.000 metros.
EL GR11 se divide en unas cuarenta y cinco etapas. Hay quienes lo afrontan por el reto deportivo y quienes lo hacen por amor a la montaña y a la aventura, porque soñaban con él desde que descubrieron su existencia. Yo pertenezco al segundo grupo.
La tradición dicta que, al empezar la Transpirenaica, se debe tomar un baño en el mar desde el que se parte para, al terminar, tomar otro en el mar de llegada. La mañana del 4 de julio me zambullí en la playa de Hondarribia y comencé a caminar.

Lo hice con una mochila de 33 litros y ocho kilos de peso (sin agua), sacrificando comodidad a cambio de ligereza. Llevaba una tienda pequeña ya que quería evitar en lo posible refugios guardados y hoteles, y aproveché todas las ocasiones que hubo, que fueron muchas, para vivaquear o pernoctar en refugios libres.
Paisajes alpinos y humanos
Las primeras etapas cruzan el Pirineo vasco y navarro, el desnivel es relativamente suave y el paisaje característico lo componen hayedos y prados moteados por caseríos. Se puede y se debe disfrutar de la cocina del norte y de la hospitalidad de sus gentes, siempre dispuestas a echar una mano al forastero. La mayor parte de los días el cielo se encuentra cubierto de nubes, y finalicé más de una etapa empapado por la lluvia.
La frontera que separa Navarra de Aragón no es solo política, también es física. Terminan los prados y empiezan los roquedales, los caminos se empinan y la altura aumenta. La suavidad del Pirineo navarro da paso a la alta montaña, siendo el Pirineo aragonés la parte más agreste y salvaje de la cordillera. También mi favorita.

Se suceden los valles de origen glaciar a la sombra de macizos como los de Posets-Maladeta o Vignemale: Ansó, Aguas Tuertas, Tena, Ordesa, Viadós o Benasque, entre otros, conectados por collados barridos por el viento que, en ocasiones, rozan los tres mil metros. Petraficha, Tebarray, Brazato, Urdiceto o Chistau pusieron a prueba mis rodillas. Las señales blancas y rojas del sendero ascienden hasta prados alpinos donde abundan los lagos, para descender luego en fuerte pendiente hasta valles boscosos donde espera la cantina de un refugio o el bar de un pueblo en el que celebrar, con una bien merecida cerveza, la belleza de una jornada que ha valido la pena ser vivida.
En el camino conocí a muchos montañeros, algunos de los cuales se encontraban como yo realizando la Transpirenaica, lo que les convirtió al instante en amigos y aliados y con los que compartí parte de la ruta o, como mínimo, la ya mencionada cerveza. Algunos de los mejores paisajes que he visto no han sido alpinos sino humanos.

“Yo y mis sueños”
Al llegar a la frontera entre Aragón y Cataluña me encontraba aún en mitad de la ruta y el Pirineo catalán me recibió con la que es, para muchos, la parte más bella de la cordillera: el parque nacional de Aigüestortes y Sant Maurici. Un paraíso moldeado por ríos y cascadas, bosques y lagunas, que crucé abrumado para, tras un par de etapas, llegar a Andorra.
El país de los Pirineos no se queda corto en belleza aunque, después del Pirineo aragonés, el camino se antoja más asequible. Superado el collado de Vallcivera llegué de nuevo a Cataluña, atravesé los bosques de la Alta Garrotxa y las cumbres de Núria, donde la alta montaña se despedía: la altitud mengua en la misma medida que el calor aumenta. Pero el aire olía ya a pino mediterráneo y el mar se presentía hasta que, un día, apareció en el horizonte. Quedaban algunas etapas pero sentía, sabía, que la Transpirenaica ya era mía.

Y un día llegué al bonito pueblo de Llançà y, aunque restaba la etapa final, el baño en el mar supo a victoria. La última jornada la hice ligero, con una sonrisa de oreja a oreja, y me tomé una foto al final de la ruta, ante el Mediterráneo, recordando aquella frase que leí en un libro de Reinhold Messner: yo y mis sueños somos una misma cosa.

Sergi Latorre (Reus, Catalunya, 1976) es escritor, novelista, guionista y diseñador de videojuegos. Escribió programas culturales y de entretenimiento en Televisión Española, Telecinco y La Sexta. Diseñó videojuegos para las compañías Ubi Soft y Pyro Studios. Publicó las novelas “La mirada del viajero” (Ediciones Desnivel, 2017), “Feliz cumpleaños, Wendy” (LDC Editorial, 2015), “Grupo 13: la última misa de Valverde de Lucerna” (LDC Editorial, 2014) y “Grupo 13: la legión de la noche” (LDC Editorial, 2013). Caminante y mochilero, en las últimas décadas viajó por decenas de países.