Por Jorge Federico Gómez
El estadounidense Christopher McCandless murió en 1992 a los 24 años posiblemente por comer alguna planta venenosa en el Parque Denali, Alaska, luego de pasar en esa tundra más de 4 meses en la más absoluta soledad, sin comida, abrigo ni equipo adecuado.
Dos años antes, tras graduarse en la Universidad de Emory, McCandless había donado todos sus ahorros, auto bautizado “Alexander Supertramp” y emprendido un solitario periplo por su país alejándose paulatinamente de todo contacto con su vida pasada y su familia y despojándose de casi todas las posesiones materiales.
Su tremenda historia generó una biografía llamada “Into the Wild” escrita en 1996 por Jon Krakauer, llevada al cine en un film de igual nombre dirigido por Sean Penn.
El libro y la película -excelentes y muy recomendables ambos-, revelan detalles de una vida llena de misterios y sinsentidos, y deja traslucir una irracional seducción por la aventura solitaria, el incontenible deseo de abandonarse a una vida absolutamente natural y despojada de todo lo materialmente innecesario o accesorio, al extremo punto de arriesgar la vida, y hasta perderla.
Mucho de estos relatos es posible adivinar en decenas de caminantes solitarios que cada verano arriban a los campamentos del Parque Aconcagua, sólo munidos de pequeñas mochilas e incomprensibles dialectos.
Con ritmo cansino y pocas palabras, llegan a Confluencia, Plaza Francia, Plaza Argentina o Mulas solos con su sombra por los delgados senderos. Apenas despliegan unos monosílabos para que se les defina un conveniente predio donde armar sus carpas. Muy poco más piden o necesitan.
Algunos, quién sabe, pretenden la cumbre, la ansiada cima de la montaña más alta del mundo fuera de los Himalayas, un atractivo en sí mismo que justifica cruzar el mundo para intentarlo. Pero no todos parecen perseguir ese objetivo. Basta semblantear su equipo o sus actitudes para así suponerlo.
Los he visto al atardecer alejarse algunos pasos de la carpa, reclinarse en alguna piedra y adentrarse en la lectura como única compañía.
Recorren sin ninguna prisa los senderos, ensimismados en sus pensamientos, celebrando el hallazgo de alguna vistosa piedra, mirando desde lejos desconfiados la aglomeración de carpas y andinistas de cada campo base que pisan.
En silencio llegan y en silencio se van. Continúan montaña arriba o desandan sus pasos en busca de nuevos caminos. Cualquiera sea el rumbo parece ser su Norte su propio interior, la búsqueda de un estado puro y natural mimetizado con el ambiente, quizás el encuentro con ellos mismos en la soledad más insondable, en las antípodas de sus ajetreadas vidas en sus ajetreadas ciudades.
Como McCandless en la tundra alaskana. Dos, tres… muchos McCandless en las alturas solitarias del Aconcagua.