Una faceta poco conocida del gran Aconcagua es su profundo significado religioso para los habitantes originarios.

Miles de andinistas y caminantes llegan al Aconcagua cada temporada en busca de la cumbre más alta del mundo fuera de Himalaya, o recorrer sus senderos y contemplar la impresionante mole de piedra y hielo. Pero no muchos conocen que el Centinela de Piedra, como lo bautizaran los habitantes originarios de estas montañas, tuvo un poderoso sentido místico y religioso para aquellos nativos de los confines del imperio Inca, hace ya más de cinco siglos.
En enero de 1985 un grupo de andinistas mendocinos abordaban el Aconcagua por el poco recorrido filo Sudoeste en una de las cuatro expediciones de esa temporada en homenaje por los 50 años del Club Andinista. Eran los hermanos Fernando y Juan Carlos Pierobón, Franco y Alberto Pizzolón, y Gabriel Cabrera.
Al llegar a los 5.300 metros creyeron ver una mata de pasto entre las rocas y el hielo, una visión imposible a tales alturas. Al acercarse encontraron un cuerpo humano momificado, fajado y empircado, rodeado de artesanías y objetos sin dudas de carácter aborigen. No tocaron nada, apenas recogieron unas pequeñas muestras y siguieron camino. No hicieron cumbre esa vez, pero el secreto milenario con el que bajaron era inconmensurablemente mayor.
Rápidamente en Mendoza, transmitida la novedad al Dr. Juan Schobinger, un científico especialista en el tema, se organizó el regreso al lugar que se produjo apenas 15 días después, en una expedición mixta compuesta por andinistas y arqueólogos (iban los descubridores Gabriel, Juan Carlos y Alberto, los científicos Schobinger, J. Ferrari, Eduardo Guercio y Víctor Durán, el fotógrafo Germán Bustos Herrera y la andinista Silvia Centeleghe).
Hasta allá llegaron y con manos expertas desenterraron el fardo funerario y lo trasladaron cuidadosamente hacia su destino final: El Centro Regional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CRYCIT) de Mendoza.
Desde ese momento el hallazgo fue objeto de exhaustivas investigaciones solventadas y apoyadas por la Universidad Nacional de Cuyo, el CONICET, la Asociación Cuyana de Antropología y posteriormente el Gobierno provincial.
Las conclusiones
Se trataba del cuerpo momificado de un niño de unos 7 años de edad, vestido con dos túnicas sin mangas, de lana, calzado con ojotas también de lana y pelo con suela de fibra vegetal, y un collar de piedras multicolores. Lo cubrían mantos, fajas, taparrabos, cordones, algunos decorados geométricamente con motivos de aves estilizadas, tradicionales de la costa central peruana. Las estatuillas halladas junto al cuerpo revelan llamas y pequeños hombres en oro, plata y una concha marina llamada spondylus.
La hipótesis final da cuenta de una capacocha, un sacrificio ritual de un niño de menos de 12 años (según cronistas debían ser “hermosos, puros y sin mancha”) dirigido por el poder central imperial. Una ceremonia excepcional cuyo fin era propiciar el restablecimiento del orden universal por alguna razón alterado.
Los restos arqueológicos en inmediaciones del campamento de Confluencia (3.200 m) parecen demostrar que ese sitio pudo ser el “campo base” para acceder a aquellas mayores alturas donde se realizara la ceremonia del sacrificio.
Más allá del cariz ancestral y religioso que guarda en sus entrañas el magnífico Aconcagua, lo que mucho sorprende es que tantos siglos atrás y en condiciones absolutamente precarias comparadas con la tecnología actual, aquellos primitivos habitantes de las montañas hayan accedido a semejantes alturas con el objeto de llevar a cabo sus ofrendas y ceremonias de profundo significado espiritual.