Juan Pablo Sarjanovich nació hace casi 40 años en Rosario, y toda su infancia transcurrió en el campo. Entre la actividad agraria de su familia, las sierras de Córdoba y los campamentos juveniles forjó su espíritu aventurero que se cristalizó al vivir unos años en Bariloche luego del secundario.
Desarrolló su profesión de agricultor (es Lic. en Administración Agraria), pero la montaña fue siempre su gran pasión y hoy ambas actividades llenan su día a día por igual.
En 1998, inexperto, solo y casi sin equipo quiso subir el Aconcagua. Ante los primeros síntomas de la altura a 5 mil metros, desistió. “Yo fui de atrás para adelante, empecé golpeándome y fracasando y la montaña me fue poniendo en mi lugar y enseñándome”. En 2006 hizo otro intento fallido en el Coloso.
Para 2010 ya tenía varias expediciones de 6 miles. Desde 2012 la actividad fue febril: escaló e hizo cursos en España y Francia; una tormenta en Cólera lo bajó por tercera vez de Aconcagua; en 2013 y 2014 recorrió Bolivia, Perú, Chile, Ecuador y Colombia subiendo cerros y ganando experiencia. Ese mismo año logró su primer Aconcagua, una experiencia “hermosa en todo sentido”.
“En 2015 sentí que estaba para más y se me dio por esto del Manaslú” (8.163 m).

Aprontes
En los Himalayas hay 14 cerros de más de 8 mil metros, 3 de ellos nunca subidos por argentinos: Annapurna (8.091 m, 10° más alto del mundo), con sólo algunos intentos nacionales; Kanchenjunga (8.586 m, 3° detrás de Everest y K2) sin intentos de nuestro país; y Manaslú (8° más alto) con 2 intentos fallidos: en 1979 donde muere el recordado Edgardo Porcelana; y 2011 la traumática expedición del mendocino Ignacio Lucero. “Técnicamente estaba a mi altura, podía pagarlo y no lo subió ningún argentino”, resume Sarjanovich las tres razones principales.
Contactó a la empresa Himalayan Experience, envió su curriculum y a los pocos días Russell Brice, el célebre montañista neocelandés dueño de la firma, aceptó su participación.
Se preparó durante la temporada compitiendo en carreras de montaña, e incluso en junio ganó la distancia de 35k en la prestigiosa UTACCH. En julio de 2015 se instaló en Las Cuevas para aclimatar y subió varios 4.000 en estilo alpino. En agosto aprontó su equipo y dio los pasos finales. El 29 de ese mes arribó a Katmandú, la capital de Nepal.
El grupo estaba compuesto por siete clientes: una rusa, dos canadienses, tres americanos y Juan Pablo, un guía japonés, el propio Russell Brice, tres cocineros y siete sherpas.
Un helicóptero los llevó a Sama Gaon (3.520 m), el pueblito al pie del Manaslu, donde divisó por vez primera el objetivo: “Impresionante, imponente”. A los 3 días se trasladaron al campo base (4.850 m). Entre ese campamento y los porteos e intentos a los de altura Juan Pablo pasó 37 días sumergido en la montaña.

Aclimatación
Sus compañeros eran muy fríos y distantes “y eso fue muy duro para mí. Recorría diariamente los otros campamentos y pude relacionarme con gente de distintos países, muchos latinoamericanos, me llamaban el Alcalde del base porque estaba al tanto de todo”.
Había 104 permisos de cumbres y otras tantas personas trabajando. Pero nada de médicos, guardaparques o personal estatal. Todo estaba en manos de las cuatro mega empresas privadas que se reparten la exclusividad del Manaslu.
Juan Pablo constató in situ algunas verdades y mitos del “mundo Himalaya”: escaladores profesionales con todos los lujos imaginables subiendo con una mochila de 5 litros y un batallón de asistentes a su alrededor; otros con un set de filmación móvil andante, una parafernalia incomprensible; el lobby de europeos sintiéndose superiores a los nepaleses y al resto del mundo; los guías más importantes de las empresas reuniéndose cada noche, whisky con miel y agua de por medio, a tomar decisiones, pactar la necesaria instalación de cuerdas fijas, repartir costos, comerciar oxígeno, discutir clima, delinear estrategias, y en definitiva marcar el ritmo de la vida misma en las mayores alturas del mundo. “Los egos ahí tienen el mismo tamaño que las montañas”.
Camino a la cumbre
El camino a Campo I (5.600 m) es la base del glaciar, 3 km de pendiente suave esquivando grietas soportando el calor y lidiando con las cuerdas fijas. Del I al II (6.300 m) es complicado y técnico, 5 horas de mucho calor con paredes verticales de entre 100 y 300 m, un tramo plano con seracs “del tamaño de edificios de 50 pisos” cayendo continuamente. El resto pendientes de 45 grados sin ningún descanso. Por arriba de 6.000m las variaciones térmicas se hacen sentir, con registros de -13° algunas noches y 51° de día dentro de la carpa cuando el sol afuera brillaba. Del II al III (6.852 m) es relativamente fácil -“un terreno como el que se puede encontrar en el cerro Tronador pero 4.000 m más alto”- con cierta pendiente permanente, curvas y saltos de grieta, algunos salvados con escaleras.
“Dicen que el camino al IV es el día más duro por la constante pendiente de 45 grados a casi 8.000 m, pero no llegue a hacerlo”.

Summit push
Luego de recorrer más de 100 kms con 10.000 m de desnivel positivo acumulado y 30 noches en la altura, finalmente hubo un intento de cumbre o “summit push” plenamente aclimatados y bien físicamente. Llegaron a campo III sin dificultades a casi 7.000 m en sólo dos jornadas. Los sherpas siempre adelantados iban montando campamento el día anterior a su llegada a cada campo.
Estaba casi todo dado para un día de cumbre en un camino cuya única dificultad -salvando la altura- es la pendiente y la distancia (casi 5 kms en el plateau somital). Tan solo faltaba abrir el camino a campo IV y montar las cuerdas fijas, tarea que valía para todos quienes en ese momento estaban intentando cumbre.
Pero esa noche, ya en penumbras, por radio escucharon la discusión entre Brice y sherpas, nieve profunda (sugar snow, un fenómeno que se repitió en casi todos los 8 miles a lo largo de la temporada 2015), grietas ensanchadas y la caída de un sherpa en una de ellas precipitaban la bajada y frustraban un adelantado primer intento de cumbre.
A la mañana siguiente, Russell Brice les comunicó que bajaban para intentarlo en una próxima ventana: “Fue terrible. Estaba colgado en paredes de hielo a más de 6.000, dormí a 7.000, todo era distinto y desafiante. Nunca sentí semejante agotamiento bajando al Campo base luego del intento, no sé cómo hubiera hecho cumbre. La desazón influyó en este sentimiento. Algo dentro mío me decía que ya no volvería esa temporada” recuerda Juan Pablo el traumático momento.
Luego de 4 días de descanso obligatorio por las condiciones del clima, el 28 de septiembre a las 12 les anunciaron que subirían a la mañana siguiente directo a Campo II en un segundo intento. Pero la historia no estaba de su lado: rumores de una grieta imposible de superar entre los campos III y IV; placas de viento y nieve acumulada que con el paso de los escaladores o el viento podían generar una avalancha, provocaron que las grandes empresas occidentales empezaran a retirarse.
A las 15 y luego de rever su decisión, Brice les informó de la suspensión definitiva de la expedición ante la presunción de que los sherpas no iban a poder abrir el Campo IV, y que había demasiados riesgos objetivos.

Sueño
“En el base cada día ensayaba música coral durante 40 minutos y avanzaba con mis tapices asiduamente, como técnica para no aburrirme en días de espera -recuerda-. Hice una sola llamada de 6 minutos a mi hermana, único contacto con el exterior en casi dos meses, y ni siquiera me enteré nada de Rosario Central… Mucho sacrificio hice para llegar a donde llegué. Yo esperaba mi fracaso, tal vez mal clima o alguna fatalidad, pero no la suspensión de la expedición. Fue un golpe duro”, cuenta ahora Juan Pablo a sabiendas de que bajarse no fue la decisión correcta y en 2015 finalmente 72 expedicionarios conquistaron Manaslu.
“Lloré mucho y me está costando asimilarlo. Pero culminó el proyecto, no el sueño, porque fue una experiencia increíble en donde crecí mucho como persona y como montañista y además ya hay planes en un futuro mediato en relación a la montaña y en particular a los 8 miles”.
“El amor por la montaña está intacto”.