Pablo Betancourt pertenece a una generación de fotógrafos que se formó entre la práctica con su cámara, la curiosidad y la perseverancia.
Nacido y criado en Mendoza, Argentina, encontró muy temprano dos pasiones que marcarían su vida: la imagen y la montaña. Durante años avanzaron por caminos paralelos hasta convertirse en una sola historia. “Fueron como dos caminitos paralelos, pero después se encontraron”, resume en franco diálogo con CUMBRES.
Su primer contacto con la montaña llegó en la adolescencia junto a su amigo Martín Erroz. Aquellas excursiones a Vallecitos, realizadas con recursos mínimos y entusiasmo máximo, fueron el inicio de un aprendizaje que estaría lejos de ser lineal. Los intentos frustrados al cerro Plata, afectados por el mal de altura, incluso lo llevaron a pensar que el montañismo no era para él.
La fotografía también comenzó temprano. Mientras estudiaba y trabajaba en una tradicional casa fotográfica mendocina, descubrió un mundo que lo atrapó para siempre. “Realmente quería dedicar mi vida a hacer eso”, recuerda.
Su formación fue principalmente autodidacta, complementada con cursos y una búsqueda permanente de conocimientos técnicos en revistas especializadas, mucho antes de la llegada de internet.
Su carrera profesional se consolidó en el diario Los Andes, donde trabajó cuatro años como reportero gráfico. “Fotos al gobernador, a Pablito Chacón en una pelea de boxeo, en un velorio, en policiales, un clásico fotógrafo de esa época”, relata. Aquella experiencia le permitió desarrollar una mirada documental y una capacidad de adaptación que más tarde resultaría fundamental en ambientes extremos.
Una mirada en altura
El regreso definitivo a la montaña llegó años después, de la mano de proyectos editoriales y expediciones junto al guía Gerardo Castillo. Betancourt descubrió entonces otra forma de relacionarse con la altura. “Una vez que comprendí cómo yo funcionaba, fue otra aproximación a la montaña”, explica. Aprendió a respetar sus tiempos de aclimatación y a conocer mejor sus propios límites.
Ese proceso desembocó en un proyecto que marcaría su carrera: la realización de un libro fotográfico dedicado íntegramente al Aconcagua.
Su primera cumbre surgió precisamente en ese contexto: “Ahí fue que nació el bichito de decir ‘acá tengo que hacer un libro de fotos solo de Aconcagua’, porque esto es un mundo en sí mismo”.
Para concretarlo necesitó varias temporadas de trabajo y el apoyo logístico crucial de Grajales Expeditions. Aquella iniciativa no solo dio origen al libro, sino también a una relación profesional duradera con la empresa, con el cerro y con quienes operan allí.
Con el tiempo, la tecnología abrió un nuevo capítulo. La aparición de cámaras fotográficas capaces de grabar video de alta calidad despertó un interés inesperado. “Eso es lo que me atrapó. Antes el video jamás me había interesado”, señala. Comenzó a experimentar durante sus campañas en Aconcagua y pronto aparecieron los primeros encargos audiovisuales.
Aconcagua: escenario y escuela
Desde entonces, Pablo Betancourt ha participado en innumerables producciones vinculadas a la montaña más alta de América. Filmó expediciones comerciales, documentales y proyectos corporativos. Su experiencia en Aconcagua también lo llevó al Everest, donde integró una producción televisiva y logró alcanzar la cumbre junto a Fernando Grajales.
Hoy mantiene una visión equilibrada sobre su rol en la montaña: “Yo soy un poquito más que un turista, soy más experimentado hoy en día porque he subido varias cosas, pero no estoy todo el año subiendo montañas”, afirma.
Hasta el momento suma 17 cumbres en Aconcagua, además de algunos intentos fallidos. Nunca sufrió accidentes o percances, aunque reconoce que la montaña exige respeto permanente. “El día de cumbre es bravo, es duro, es exigente, nunca te regala nada”.
Aun así, continúa regresando temporada tras temporada. Entrena durante todo el año pensando en la montaña y sigue encontrando nuevas historias para contar.
Después de décadas detrás de la cámara, Pablo Betancourt mantiene intacta la fascinación por ese universo donde la fotografía, el video y la alta montaña terminaron encontrándose para siempre en su vida.



















