La reciente expedición de María Ciudad Romero al Kilimanjaro (Tanzania, 5.895 m) se inscribe en una trayectoria donde la montaña es tanto desafío físico como herramienta de sentido.
A sus 49 años, y con un historial de enfermedades crónicas que arrastra desde la adolescencia, la montañera de Ejea de los Caballeros (Zaragoza, España) volvió a exponerse a un entorno de alta exigencia. Esta vez fue en África, tras un proceso de recuperación que condicionó toda su preparación.
“Me tiré mes y medio en la cama sin bajar de ella… lo pasé muy mal”, resume sobre el período posterior a su última intervención quirúrgica.
Ese contexto redujo al mínimo el entrenamiento en altura, por lo que debió recurrir a métodos alternativos para sostener el objetivo. Entre ellos, la utilización de una máscara para simular la falta de oxígeno y ejercicios específicos para reproducir situaciones propias de una expedición. “Intenté entrenar todo lo que asemejara a la situación que se me esperaba”, explica en diálogo con CUMBRES.
El Kilimanjaro, con sus 5.895 metros, exige adaptación progresiva y resistencia en condiciones variables. En su caso, la elección de la ruta Machame implicó atravesar jornadas con lluvias constantes, frío, nieve y campamentos precarios.
“La subida fue muy muy dura”, señala, en referencia a un entorno que también puso a prueba su capacidad de gestión del dolor, especialmente ante una lumbalgia persistente.
Su enfoque, construido a lo largo de años, prioriza la fortaleza mental: evitar la queja, concentrarse en el objetivo y resolver sobre la marcha cada imprevisto.
La cima como síntesis
El momento de la cumbre condensó tanto el esfuerzo reciente como una historia más amplia. “Hace dos meses estaba en la cama postrada… y ahora estaba a casi 6000 m de altura”, destaca, marcando el contraste entre su estado previo y el logro alcanzado.
La llegada se dio en buenas condiciones de aclimatación, favorecida por una preparación específica y por su experiencia en otras expediciones.
Durante el ascenso final, la estrategia volvió a ser mental. “Mi mente estaba desviando los dolores”, explica, en una lógica que ha repetido en distintos contextos de montaña. En ese tramo, el componente emocional también tuvo su lugar: el recuerdo de su familia, de quienes la acompañan y de quienes ya no están, se integró al esfuerzo físico.
Superación y visibilización
El Kilimanjaro no es un punto aislado dentro de su recorrido. María Ciudad Romero acumula ascensos en el Pirineo, como el Posets o el Monte Perdido, y experiencias internacionales como el Toubkal o el campo base del Everest. Allí también enfrentó condiciones adversas. En todos los casos, el eje se mantiene: avanzar dentro de sus posibilidades y sostener una disciplina que articula cuerpo y mente.
“Trato de conquistarme a mí misma subiendo montañas”, define sobre su vínculo con la actividad. Esa búsqueda personal se complementa con un objetivo público: visibilizar enfermedades como la fibromialgia y otras patologías crónicas que, según señala, suelen pasar desapercibidas. “Son invisibles y quería hacerlas ver”, afirma.
Tras la expedición, incluso debió afrontar una dificultad adicional al quedar varios días en Tanzania sin poder regresar. Lejos de alterar su enfoque, la experiencia reforzó su manera de enfrentar la incertidumbre.
Su proyección se mantiene en la misma línea: “Seguir superándome en todos los aspectos”, sostiene María Ciudad Romero. Con la montaña como espacio de esa continuidad.








