Guía UIAGM, docente, instructor, escritor, dirigente. Una vida dedicada a la montaña abarcando todos los aspectos posibles.

Es uno de los principales referentes de la montaña en la Argentina. Mendocino, guía profesional de alta montaña, Mauricio Fernández es quizás quien mejor representa el abordaje integral de la actividad: además de guía es profesor de educación física (aunque nunca ejerció la docencia), experto escalador -e instructor- en roca y en hielo, de larga trayectoria brindando capacitación técnica, escritor de libros como “Aconcagua, la cima de América” o “Guía de Escalada del Cajón de Arenales”, zona de escalada por excelencia en Mendoza de la cual es en buena parte el mentor.
Su nombre está íntimamente ligado a la AAGM (Asociación Argentina de Guías de Montaña) donde fue instructor por años, dirigió la Comisión Técnica en un momento crucial cuando se consiguió la certificación UIAGM (sigla en francés para Union Internationale des Associations de Guides de Montagnes). Y fue presidente durante 6 años donde su principal logro fue la apertura de delegaciones en las provincias, incorporando definitivamente y dándoles un respaldo institucional a los guías de las zonas Centro y Norte del país.
CUMBRES: ¿Cómo fue tu aproximación a la montaña?
Mauricio Fernández: Yo vengo de la natación. Nadé mucho en YPF en infantiles y juveniles. Un profe, el “Pelado” Saavedra, en pretemporada nos sacaba a caminar a la precordillera, a subir algún cerro y después con amigos de natación empezamos a ir a Vallecitos. Un día llegó a mis manos un artículo de la revista Siete Días sobre Ulises Vitale que venía del Manaslú en 1979. Vi las fotos del Himalaya… me quedó muy marcado, estaba visto que lo mío iba a ser la montaña.
C: Y cambiaste definitivamente de deporte.
MF: Sí, me arrimé al Club Andinista de Mendoza, en esos años una escuela fuerte con muchas actividades y cursos, estaban Alejandro Randis, Lito Sánchez, Daniel Rodríguez, un grupo que al club le dio una cara mucho más técnica. Tuve la suerte de entrar a la actividad con otra visión, no solo caminar sino también a escalar en roca y en hielo. En un momento me fui del Club por diferencias conceptuales, y al seguir la parte más profesional en la montaña puse foco en otras cosas.
C: ¿Cuándo vislumbraste que la montaña podía ser tu profesión?
MF: Mientras estudiaba Educación Física fui a Bariloche a hacer mi primer curso para guía de alta montaña en 1990, a cargo de Paul Cottescu -recientemente fallecido-, y empieza mi vinculación con la AAGM. Me cambió la cabeza el contacto con gente del Sur, su visión de cultura alpina y muy técnica de la escalada, etc. Me fui dedicando profesionalmente como forma de vida. Terminé Educación Física pero no ejercí la docencia, sino que todo lo ejercí en la montaña.

C: Imagino que Aconcagua fue lo que te abrió las puertas en la profesión…
MF: Aconcagua en esos años nos daba el puntapié inicial. En 1987 ascendí por primera vez, en 1989 hice mi primera asistencia, y ya en 1990 seguí mi camino. Tuve distintas etapas -con más o menos volumen- y voy por lo menos una vez por temporada. Como posibilidad de arrancar con la profesión Aconcagua es el caballito de batalla. Después hice mucho guiada en roca en Arenales en esos mismos años, le dediqué mucho trabajo, y también a la escalada en hielo.
C: ¿Sos uno de los guías mendocinos que más trabaja guiando en el exterior?
MF: En aquella época empecé a guiar afuera y armar grupos para expediciones. Arrancamos en los ‘90 y lo sigo haciendo, aunque esto ya está más asentado en la cultura de los guías mendocinos, ya hay mucha gente que está saliendo afuera a trabajar.
C: ¿Qué es lo que más se trabaja en el exterior?
MF: Hacemos planes fijos y vamos sondeando lo que piden los clientes. Himalaya es tentador pero es un viaje importante y costoso, aunque para hacer trekking y travesías no técnicas es un lugar espectacular. También las montañas icónicas de la Siete Cumbres, hemos ido a África, Europa. Y siempre Sudamérica que fue donde empezamos a trabajar en el exterior, en Perú, Bolivia, luego Ecuador. Le buscamos la vuelta a hacer de la profesión algo sustentable, es difícil porque no está tan arraigado en la cultura local, y trabajar sólo con extranjeros es generalmente de temporada con lo cual cuesta completar el año.
C: Además de guiar ¿para vos tiene un costado deportivo la montaña?
MF: Es la esencia de la montaña, todo guía arranca porque le gusta la montaña, más allá de lo deportivo -que suena muy encajado-, yo diría que es un gusto. Con el paso del tiempo hay que ver cómo va funcionando y no tergiversar esa razón.
C: ¿Cuáles fueron esos gustos deportivos que te diste en los primeros tiempos?
MF: A fines de los ‘80 fueron años muy intensos deportivamente y me di los grandes gustos. En 1988 en el primer viaje a El Chaltén pudimos subir el Fitz Roy, en ese momento lo habían subido muy pocos argentinos, y ningún mendocino. Llevamos la técnica alpina de Argentina más al Norte. Fue una expedición soñada. En 1990 en Aconcagua abrimos una vía nueva con Carlos Domínguez (filo Sureste variante Argentina), un filo que no había sido hecho completo desde Plaza Francia. Lo hicimos en un estilo muy minimalista, salimos con las mochilas y nos metimos. Se puso duro, fueron muchos días, mucho recorrido el filo, dificultades sobre los 5.500 metros, un escalón rocoso a 6.400. Es una vía que mucho no se repite, creo que solo una vez la hizo Ariel Dicarlantonio con un grupo. Disfruté también mucho en Europa la escalada alpina, Mont Blanc, las Dolomitas, Austria.

C: Después vino tu debut en Himalaya…
MF: Sí, en Himalaya en 1993. Hasta se momento sólo Lito Sánchez había subido el Daulaghiri. Estábamos trabajando con Daniel Alessio para una empresa inglesa acá, y nos dijeron si queríamos ir, tenían permiso para el Cho Oyu, había lugar en la expedición. Terminamos la temporada, juntamos para los pasajes y nos mandamos. Fuimos como “semi guías”, ayudando al guía inglés, pero acotadísimos en todo. Sentimos que estuvimos muy a la altura de la circunstancia, no es el 8 mil más difícil. En 1988 conocimos a Reinhold Messner (ahora lo volvimos a cruzar en Katmandú), y le preguntamos que por qué creía que ningún argentino había podido subir un 8 mil. Nos dijo que planteaban los picos más difíciles, rutas nuevas, cosas muy exigentes. Bueno, el Cho Oyu era uno de los “accesibles”. Nos fue muy bien.
C: En escalada ¿cuáles fueron tus mejores momentos?
MF: En 1999 fuimos a Yosemite con los amigos de Arenales. Fue una experiencia muy buena, nos fuimos a probar en ese estilo y funcionamos. Hicimos dos rutas clásicas en El Capitán muy lindas. Arenales nos sirvió mucho para ese estilo, con rutas que tienen mucho grado donde la escalada libre es muy alta, haces mucho artificial, la vas combinando.
C: Tu gran sueño siempre fue Cajón de Arenales
MF: Arenales arranca de una forma natural. En 1988 conocí a Gianni Pedrazzolli, cónsul de Italia en Mendoza, empezamos a salir a buscar roca (la roca cerca de Mendoza no sirve mucho), teníamos el dato del CAM que había gente que escalaba en esa zona, que la roca era buena. Llegamos y nos encantó el lugar, empezamos a salir a explorar. Gianni traía el concepto de la escuela de escalada que aquí no teníamos, esto de equipar un lugar para empezar de forma segura, él traía esas ideas frescas de Europa. A partir de ahí Arenales arranca por sí mismo con todo ese potencial de escalada clásica, sumado a que es una escuela hermosa para empezar, con grado tranquilo, con rutas con inclinación, súper equipadas, vas desde cero a rutas bien complejas, todo eso no es fácil de conseguir en un mismo lugar y accesible que llegás en auto desde Mendoza y en el día estás trepando una ruta de 500 metros de pared.

C: ¿Cuál es la característica distintiva de Arenales?
MF: Lo que hace fuerte a Arenales es la escalada clásica, muchos recorridos con fisuras de largo aliento, cumbres muy alpinas, agujas, el ambiente de montaña de Arenales es su valor agregado. En el granito la dificultad es que es muy duro, monolítico, fisuras, cortes geométricos, es para escalada muy técnica. A los escaladores de alta dificultad les da pereza el granito (risas).
Nos propusimos con un grupo muy especial proteger Arenales, formamos una Fundación como herramienta jurídica para el futuro y decidimos adquirir el espacio físico del Cajón. A esto llegamos después de 20 años de trabajar. Si logramos terminar con el juicio y que nos den una parte para la base operativa, las rocas en sí son inexpropiables para la escalada.
C: Es imposible hablar de Arenales sin mencionar al Yagua…
MF: El Yagua (Rubén Rodríguez) es un personaje muy especial que le da mucho sentido a su vida con el rol social que tiene, él y la Fundación Piedra Libre.
C: Trabajás en tándem con tu compañera de toda la vida, Patricia Lona. ¿Cómo es esa experiencia?
MF: Con Patricia nos conocimos estudiando Educación Física, ella no hacía montaña en aquel momento, yo estaba empezando Arenales y la invitamos y quedó fascinada. Más adelante fuimos a Europa y a ella también se le abrió la mente cuando vio familias enteras y gente en las montañas, y sobre todo mujeres escalando. Se enganchó un montón, fue progresando, hizo cursos, se dedicó a competir y le fue muy bien. Fue natural ir compartiendo eso, hacer montaña, viajar, me empezó a ayudar con las expediciones. Se fue haciendo una convivencia que funcionó, y seguimos hasta estos días andando juntos.
C: Mencioname tus referentes y compañeros de tantos años en las montañas.
MF: Son muchos: Esteban Arellana, Carlos Domínguez, Daniel Alessio, Nicolás De la Cruz, Paul Cottescu, Mario González, Toncek Arko, Ramiro Calvo, el Yagua, Gerardo Castillo. Y Patricia, claro, el bastión principal para mí en la montaña.