El joven, ex militar, perdió sus dos piernas en un derrumbe, hace 5 años. Su recuperación milagrosa lo impulsó a plantearse altos objetivos. Como la cima más alta de Europa, Elbrus, de 5.642 metros, a la que llegó luego de 15 horas de caminar 13 kilómetros con sus manos.
El domingo 13 de septiembre pasado conquistó la montaña más alta de Europa, Elbrus (Rusia, 5.642 m) Rustam Nabiev, alpinista ruso nacido en Ufa, a unos 1.360 kilómetros al Este de Moscú, hace tan solo 27 años. Subió a la cima con sus manos.
Rustam era militar, puntualmente paracaidista, y prestaba servicios en el cuartel de Omsk. El 12 de julio de 2015 un derrumbe destruyó la guarnición castrense. El desastre se cobró la vida de 24 de sus colegas.
Nabiev sobrevivió bajo los escombros toda una noche y fue rescatado. Escapó literalmente de la muerte y considera esa fecha su “segundo cumpleaños”.
Pero no todo fue salvarse de la muerte. Rustam Nabiev, a consecuencia de las heridas sufridas, tuvo que renunciar a sus dos piernas, que le fueron amputadas.
Dos factores fueron fundamental para su recuperación: el hockey sobre hielo y su esposa, Indira.
En su zona, el hockey sobre hielo es un deporte muy popular. Y en forma adaptada, Rustam se sumó al equipo local y participó en varias competiciones, viajes al extranjero para disputar torneos europeos. En 2017, Rustam y su equipo ganaron la Copa Continental de Europa en la especialidad, medalla de bronce en el Campeonato de Rusia y de oro en los Campeonatos de Europa en Polonia y el Malmo Open 2018, en Suecia.
“Mi enfoque principal es demostrar que no importa cuán difíciles sean los problemas que enfrentes, ciertamente puedes superarlos y cambiar las cosas para mejor. Quiero demostrar que la discapacidad no es una pena de prisión, sino una nueva página en una nueva vida con sus propias aventuras” recalca Rustam en su cuenta de Instagram.
Su bella esposa Indira, con quien tuvo una hija, es su fuente de inspiración. “Puedo hablar de ella sin cesar. Ella es genial. Me salvó y me sacó de la sombra de la tragedia. En ese momento, llevábamos cinco años juntos, no me dejaba y no temía aceptar todas mis limitaciones”.
Nada es imposible
A poco de volver a andar, se fijó un altísimo objetivo: conquistar el monte más alto de su país, y de Europa, el Elbrus. La propuesta de Rustam era no depender de la ayuda de nadie, solo de sí mismo.
Inicialmente el ascenso se planeó en trineo. Dos escaladores profesionales, Viktor e Ioann lo acompañaron en el trayecto, pero la totalidad lo hizo por su cuenta, en forma autónoma.
En los primeros días de expedición, Rustam relataba su ascenso en Instagram: “Todo empezó con calma y durante las primeras 2 horas no sentí pesadez ni dificultad. Un poco más tarde, cuando comencé a cansarme y se me empezaron a tapar las manos, me di cuenta que el camino no sería fácil. Fue difícil. Me detuve, pero seguí adelante”.
Llegado a una altitud de 4.100 metros, comprobó que no sería posible trepar de esa manera. Nabiev no dudó un instante y decidió continuar el ascenso usando piolets.
“Caminamos dos horas sin parar. Tan pronto como llegamos allí, colapsé de impotencia. Fue tan difícil que me quedé tumbado con los ojos cerrados, respirando profundamente. ¡Había tan poco aire que no podía respirar! No sabía lo que me esperaba. El camino a este lugar fue difícil para mí, porque había nieve y hielo en el camino, y es muy difícil cortar el hielo con piolets”.
El ascenso hasta la cumbre de 5.642 metros del Elbrus le demandó 15 horas. Con sus manos caminó 13 kilómetros. Cuando alcanzó la cima, no pudo controlar el llanto.
Rustam compartió su extraordinario logro en sus redes sociales, donde se lo ve en un video llegando a la cima embargado por la emoción. Con el letrero de “Elbrus” en sus manos, quitándose las gafas y la mascarilla, dijo simplemente: “Lo hice”.
Rendirse nunca
Son varios los escaladores que sufrieron amputaciones y que lograron hazañas en las montañas que emocionan. El chino Xia Boyu en Everest en 2018 y el estadounidense Kyle Maynard en Aconcagua, en el mismo año, son dos de las experiencias más notables. Así también la india Arunima Shima, en las Seven Summits. O la carrera del argentino Pablo Giesenow.
Es francamente movilizador leer los relatos de sus desafíos, las vivencias de sus hazañas. El de Rustam, cuando cerca de la cumbre sintió sus fuerzas flaquear, es una verdadera enseñanza:
“Acostado de espaldas, abrí los ojos y vi un cielo estrellado, despejado. ¡No entiendo por qué hasta este momento no le presté atención! Miré al cielo y esperé algún tipo de apoyo, ayuda. ¿De quién? Yo no me conozco. Fue difícil para mí, pero no pensé en rendirme. Me preguntaba: “¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por qué es esto necesario? Quien lo necesita ¿Qué quiero demostrar con esto? Me hice estas preguntas, pero no entendí lo que me estaba pasando. En algún momento, volví a mirar al cielo y vi una estrella caer justo encima de mí. Era tan brillante que era imposible no notarla. Y decidí que era una señal. Una señal para seguir adelante. Comprendí que era difícil, pero decidí que tal vez se trataba de una señal del Todopoderoso y, seguro, que era para mí. ¡Después de eso, me levanté enojado y seguí caminando!”
Finalmente en otro de sus posteos en Instagram, Rustam Nabiev comparte su hazaña en Elbrus, que es su forma de encarar la vida:
“La vida es hermosa, pase lo que pase. Siempre le digo a todo el mundo que uno no debe quejarse y malgastar la vida de otro. Las 24 personas que murieron entre los escombros habrían sido muy felices si pudieran estar donde tú o yo estamos hoy. Sin embargo, ahora están enterrados. Creo que esta es una buena razón para no rendirse”.